La verdad, no sé qué decirte. O a quien le escribo. Pero, hagamos de cuenta que lees. Y comienzo por decirte que muero por saber qué estás haciendo. Preguntar “¿Cómo estás? ¿Estás?”
No sabés lo doloroso, a veces, en silencio y a ocultas, ver pasar tu nombre, haciéndose uno el desinteresado o distraído, por la agenda del celular. Tenerte tan ilusoriamente cerca…
Pero inmediatamente surge la cuestión: “¿Quién responderá?”
Y, en plenos aires de verano, esa calidez con la que hemos iniciado un vínculo corto pero intenso, uno busca respirar profundamente, querer sentir como que en realidad estás y vas a responder, o aparecer… Exhalar el aire e inmediatamente volver a sentir la real realidad: de que no estás. De que dejaste un vacío existencial raramente inmaculado. Incluso, que le diste, como le he dicho a tu memoria anteriormente, entidad a algo que no palpaba tanto en mi entorno.
Entidad a la muerte. Un suceso natural y sin mayores dramas, si hablamos entorno a la vejez o un proceso biológico. Pero, esta entidad es más tenebrosa. Le tengo terror a la muerte, a la que no debía suceder. La veo muy lejana a la paz, en sujetos de nuestra generación. No estoy preparado para muertes intempestivas. Es un miedo latente, una alarma que tengo de temor a perder a alguien. El suicidio es un acto que no comprendo. Hasta me trauma el hecho de morir intempestivamente, porque demostraste que “la muerte existe, está”.
Hace poco pensaba en cómo se iniciaron las cosas. Un día de lluvia torrencial, esos de verano, medio latosos, pero con magia. De cortometraje, por la rapidez e intensidad. La idea de tomar mates conmigo, que había salido muy sospechosamente de tu parte. Te olía, pero no estaba seguro de tus intenciones. Esa búsqueda de ambos por saber del otro, ver si nos teníamos onda…. Descubrirnos. Qué iría a suceder si uno avanzaba al otro. Cosquillas en la panza. El dibujo de una auténtica sonrisa que duró meses.
Lo loco es que culminó todo, hoy hace dos años, otro de lluvia… más de resaca “invernal”, en una primavera que se anunciaba fresca y feliz.
Te pienso. Aún lo hago. Incluso pienso lo que quería decirte y lo que iba a ofrecerte. Sí, podríamos decirle amor. Un amor que estaba listo para serte entregado… pero que quedó, de sopetón, sin destinatario, sobre mis manos. Esa carita de manzanita que tenías, tan grata. Eliminaste toda ansiedad en mí con tu presencia, porque me transmitías protección o respaldo... SEGURIDAD. Tranquilidad de querer y ser querido. Al punto de que con vos había comenzado a dejar de fumar.
Me dijiste una vez: “No te voy a extrañar, porque te llevo siempre en mi corazón. Te quiero Pato.”. Nunca había entendido que eran despedidas en cuotas.
Y yo te extraño, eso te lo dije. También te quiero, pero me duele no recordar habértelo dicho en vida…


No hay comentarios:
Publicar un comentario